martes, 8 de julio de 2014

Llegada a Lubumbashi


!Aquí estoy de nuevo! Después de salir de Linares el día dos, dos estaciones de tren, cuatro aeropuertos y por fin, el día cuatro a primera hora de la tarde llegué a mi destino final en la ciudad congoleña de Lubumbashi que será mi hogar y el vuestro las próximas cinco semanas.


Llegando a Lubumbashi
El viaje es largo, tres aviones y unas cuantas horas de espera en los aeropuertos de Madrid, Roma y Addis Ababa (Etiopía) pero la ilusión por llegar aquí era tan grande que nada hacía mella en nuestro ánimo, y digo nuestro pues, aunque yo hable en singular, este viaje no voy sola: Adriana me acompaña y está resultando una excelente compañera de viaje, somos un equipo de dos muy bien avenido.

La llegada a  Lubumbashi fue espectacular: nos habíamos sumergido de pleno, a golpe de avión en un país completamente distinto del nuestro. El aeropuerto era un caos aparente: personas de aquí para allá, gritando y desplazándose con prisa, sabiendo cada una de ellas adónde se dirigía y nosotras en ese caos, caminando absolutamente resueltas en la dirección del resto de los viajeros. Entramos en lo que era una pequeña habitación con dos colas de personas que se empujaban unas a otras; estando allí se acercó un señor muy alto que hablaba en francés y nos pedía que lo acompañáramos y nosotras, por supuesto ni caso ¿Cómo íbamos a fiarnos de nadie? Él insistía y ya empezamos a prestarle un poco de atención pero en absoluto nos íbamos a ir con un desconocido; tal fue era nuestra terquedad que él cogió su teléfono, llamó a alguien y nos lo pasó: al otro lado una voz de mujer medio en francés medio en español decía que estuviéramos tranquilas, que lo siguiéramos sin temor y así lo hicimos pero aún con cierto recelo; entonces nos saltamos todos los controles y entramos por un hueco donde otros militares nos pedían el pasaporte a lo que este señor se negó. Más adelante nos lo volvieron a pedir y él ya asintió pero aún así yo lo tenía cogido como si en ello me fuera la vida; ante su insistencia tuve que claudicar y soltarlo y ahí se quedó mi pasaporte, desamparado y huérfano.
Nos saltamos varios controles más, nos pidió los resguardos de las tarjetas de embarque para recuperar las maletas y nos dijo que saliéramos del aeropuerto. Cuando ya veíamos la puerta, la imagen familiar de Jacky me consoló de repente, pero antes de llegar a ella, Emilia (la otra Sierva que había venido a buscarnos en la que yo apenas había reparado) me salió al paso y me dio un abrazo. Entonces supe que de verdad estábamos seguras, nos explicó rápidamente que el señor que nos había recogido era una autoridad del aeropuerto y que había impedido que tuviéramos que pasar controles exhaustivos y que nos abrieran las maletas sólo por el hecho de ser  extranjeras y blancas. Le pedí mis disculpas con la mayor batería de frases de excusas en francés que pude desplegar al señor que nos había rescatado del “caos aeroportuario” pero me parecieron insuficientes dada la resistencia activa que le habíamos planteado y lo mucho que había supuesto su ayuda.
Quedamos en la puerta esperando nuestras maletas y nuestro pasaporte que tardaron bastante en salir pero que al fin aparecieron; no teníamos muy claro que llegaran pues desde que las embarcamos en Madrid habíamos tomado tres aviones pero ellas, fieles, nos habían seguido en nuestro periplo hasta Lubumbashi.

Mientras esperábamos en la puerta observaba una cantidad de personas que iban de aquí para allá, ataviadas con sus trajes típicos pero todos confeccionados con la misma tela colorida y con la estampación de la cara de un religioso que más tarde retomaré pues nuestra llegada coincidió con la suya y desde entonces nuestros caminos se han cruzado más veces.

Una vez finalizados los trámites, llegamos hasta la camioneta de la Siervas allí subimos y nos acomodamos en el asiento delantero; un olor acre, fuerte, extraño a mi olfato fue la carta de presentación de Firmán, el chófer, quien nos condujo hasta la que será mi casa durante las próximas cinco semanas. Por el camino observaba con los ojos abiertos como platos el recorrido. Todo el camino estuvo salpicado de personas que caminaban por todos los lados y en todos los sentidos, que se cruzaban sin recato entre el denso y desordenado tráfico. El colorido de los trajes de las mujeres destacaba por todas partes, rojos llameantes y amarillos luminosos, contrastando con el color de la piel que va desde el negro más profundo hasta un precioso color sugerente de chocolate. Los hombres curiosos pero altivos; las mujeres elegantes, caminando derechas como velas llevando muchas de ellas sobre sus cabezas un recipiente plateado de acero inoxidable lleno de frutas, sobre todo plátanos. Los niños como en todas partes: alegres, juguetones y curiosos, alzando la vista por un instante al paso de los coches pero volviendo rápidamente a sus juegos, carentes de juguetes pero ricos en imaginación.
Con nuestras estupendas anfitrionas: Jacky, Midiala, Ana y Teresa

Así llegamos a casa donde nos esperaban Teresa y Ana y donde más tarde se incorporó Midi. La casa es internacional: dos españolas, una peruana, una congoleña y una cubana con la riqueza de matices que las distintas nacionalidades dan a la convivencia. La casa preciosa, cuidada, limpia y resplandeciente, resguardada tras unos muros con alambre de espino (“confía en Dios pero ata tu camello”).

Llevo aquí menos de tres días y ya tengo muchas cosas más que contaros, pero el tiempo es limitado pues no hemos parado ni un momento. Los dos primeros días han estado llenos de acontecimientos que contaré a la mayor brevedad posible. Pero ahora voy a dormir; aquí en el Congo la noche llega a las seis de la tarde, la temperatura baja y hay que reponer fuerzas para exprimir cada día al máximo.



viernes, 27 de junio de 2014

Compartiendo Sueños

Faltan muy pocos días para que emprenda de nuevo mi camino en busca de nuevos horizontes y nuevas experiencias y esta vez lo hago con la certeza y la alegría de saber que estáis ahí y que me seguiréis como lo hicisteis el año pasado: con interés, con curiosidad, con ganas de aprender y, sobre todo con mucho, mucho cariño; con ese cariño que pude percibir desde la lejanía en las montañas de los Andes y que no he dejado de sentir desde entonces; que me alimenta y me alienta y que me hace sentir afortunada por recibir de forma tan generosa lo que cada día me dais. Soy afortunada porque mi trabajo me permite conocer cada año personas maravillosas que llegan a mi vida como alumnos y se quedan como amigos.
Quiero contaros que durante este año, he visitado muchos colegios y allí he podido hablarles a nuestros niños de aquellos otros que tuve la suerte de conocer el verano pasado; de sus tristezas y de sus alegrías, de sus miserias y sus grandezas. Han visto sus caras y han aprendido de sus sonrisas que se puede ser feliz sin tener grandes posesiones, pero que es necesario cultivar la SOLIDARIDAD con mimo, esfuerzo y sin concesiones de ningún tipo para que desaparezcan las grandes diferencias entre unos y otros y para que nadie, ya sea niño, niña, joven o adulto, tenga que vivir sin que se le reconozcan derechos que en otras partes del mundo damos por conquistados hace mucho tiempo. 
Estas visitas me han permitido vivir momentos muy bonitos y la satisfacción de darle aún más sentido al voluntariado y han reafirmado en mí  la seguridad de que en la educación está la clave para ir construyendo los peldaños que nos alejen de la injusticia, del reparto desigual de los recursos, de las violaciones de los derecho humanos,... 
 Espero no defraudaros en esta ocasión y que las condiciones allí me permitan poder contaros lo que viviré y ser de nuevo vuestros ojos, vuestros oídos, vuestro olfato y vuestra piel. Una vez más viajo con un equipaje cargado de emociones, de ilusión, de ansias por  aprender, de alegría, de entusiasmo.


Araceli, Sacramento y Lina 
Me llevo también conmigo los corazones y los encargos de dos Siervas, blancas de piel pero con el corazón congoleño; mi único sinsabor es no poder hacer el viaje con ellas y disfrutar de su alegría. 
(A vosotras dos os ruego me permitáis que sea vuestra emisaria en el Congo; intentaré llevarles a vuestros congoleños una parte de la luz que se desprende de vuestra sonrisa y de vuestras almas y traérosla de vuelta multiplicada por los deseos de aquellos que dejasteis en vuestro querido Congo tras toda una vida de dedicación).



Y también en esta declaración de intenciones quiero añadir que he cambiado un poco el título del blog a otro que me parece mucho más exacto ahora. Hace un tiempo leí que lo que no se comparte se pierde y estoy completamente de acuerdo. Por tanto en esta ocasión no sólo estoy cumpliendo sueños (que también); lo que quiero hacer es Compartirlos con vosotros de modo que ya no me pertenezcan sólo a mí. Me encantaría haceros vivir esta experiencia como si fuera también vuestra. Todo esto, sin duda, nos hará ir Ascendiendo  peldaños a medida que los vamos construyendo entre todos día a día.


También me voy a permitir dedicaros un poema  muy especial para mí.

 ÍTACA
Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás, 
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.
                                
                                               Constantin Kaváfis

Con todo mi cariño: 

             ¡Bienvenidos al interior de África: el Congo nos espera!